Cine de terror mexicano; retrato de una cultura lúgubre

La muerte es un elemento cotidiano de nuestra cultura, las historias populares de terror persisten gracias a la imaginación fértil y la tradición oral

  • RAFAEL VÁZQUEZ DÍAZ
  • 30 de Octubre de 2020
  • 21:30 hrs.
Cine de terror mexicano; retrato de una cultura lúgubre
El cine de terror mexicano está plagado de realismo mágico, el cual es muy representativo de México (FOTO ESPECIAL)

Dicen que la fiesta que más nos define como mexicanos es el día de muertos; sus colores chillantes y llamativos, sus olores como hálitos de ultratumba y por supuesto, las comidas en recuerdo de los que ya no están. Este año la conmemoración tendrá que ser particular; no podremos ver los panteones llenos de vivos poniendo flores y desmalezando las tumbas, lamentablemente por el contexto de la pandemia hay cerca de cien mil personas que perdieron la vida durante todo el 2020.

No podemos negar que la muerte es un elemento cotidiano de nuestra cultura; las historias populares en torno a brujas, nahuales, casas con oro enterrado en sus jardines o empotrado entre sus paredes, relatos de niños y niñas que se aparecen en escuelas, terrenos baldíos, hospitales y hasta oficinas son relatos que permean en la población y persisten gracias a la imaginación fértil y la tradición oral.

Como si no bastaran los seres fantásticos que amenazan con “jalarnos las patas”, las calles en el país nunca habían sido tan inseguras; atravesamos por una pandemia que nos mantiene –en la medida de lo posible- recluidos en casa, los espacios públicos se han tornado peligrosos por el bicho que nos tiene en ascuas pero también por el enorme problema de inseguridad que atraviesa el país.

Y así como veneramos a los muertos también los producimos a cifras alarmantes; balaceras, crimen organizado, una policía ineficaz y corrupta, así como todo un sistema de impunidad que tolera la desaparición forzada, los feminicidios, el asesinato de periodistas y una libertad de prensa amenazada. Nada de esto les es ajeno al cine, al menos al cine que necesitamos para crear ficción y documentar nuestra realidad en el Siglo XXI.

 

Y el cineasta... bueno, el cineasta que se esfuerza por contar algo más allá de historias descafeinadas destinadas sólo para vender, tiene un enorme bagaje del cuál puede echar mano y más para el hermoso pero escalofriante país que nos tocó vivir.

EL CINE DE TERROR ¿SIN MIEDO AL TABÚ?

Es complejo hablar de cine de terror mexicano por varios motivos; de entrada porque la cartelera mainstream del poco cine nacional que tiene una distribución decente es la comedia... y la peor de las comedias, bodrios “románticos” cuyos discursos suelen estar tan llenos de estereotipos que son odas a la frivolidad y brindan lo que ofrecen; dos horas para desconectar el cerebro y escuchar los mismos chistes repetidos que las mismas caras sueltan en televisión nacional.

Pero el problema no son sólo las comedias románticas nacionales, el género de terror, particularmente el norteamericano (sí, el estadounidense y el mexicano) suelen estar llenos de lugares comunes, abusando de las estruendosas sorpresas, los efectos especiales, los grandes nombres en las marquesinas y dejando de lado algo muy trascendente para el género; las historias y los personajes.

Hay excepciones a la regla: en la cinta La región salvaje (2016) del director Amat Escalante, Ángel (Jesús Mendoza) mantiene un romance con Fabián (Eden Villavicencio) en una situación muy prohibida por dos cuestiones; en primera porque es el hermano de su esposa y en segunda porque vive en uno de los estados más conservadores del país: Guanajuato. Pero la temática de la película no se restringe a esa relación, sino que se mezcla con las prácticas sexuales de Verónica (Simón Bucio) con un extraño alienígena con tentáculos, maestro del placer y con formas de brindar sensaciones más allá de lo humano. La historia en sí habla sobre sexo y deseo, aborda sentimientos tan cotidianos, pero también tan disruptivos que vienen a trozarnos la vida y establecer parteaguas.

Creo que el cine mexicano de terror puede darse ciertas licencias para hablar de cualquier tema porque en el fondo este país conservador, tan temeroso de que se grite la realidad cotidiana, reclama espacios donde la diversidad sea retratada, y no hablo sólo de la sexualidad, tenemos una extensión territorial de 1,973 millones de Kilómetros cuadrados, el contexto que se vive en Mérida es distinto a lo que vive el norte del país y las historias que se pueden contar son radicalmente diferentes.

¿REALISMO MÁGICO O ROMANTIZACIÓN DEL TERCER MUNDO?

Cuando el famoso escritor Stephen King vio la película Vuelven (2017) de la directora Issa López, la describió en Twitter ante un usuario como “Lo llamaría realismo mágico. Gángsters vs niños pequeños”, pero ese enfrentamiento sólo ocurre en la cabeza de King, es decir, la película empieza dando cifras alarmantes sobre el número de niños y niñas que se quedan sin sus padres debido a la virulencia del crimen organizado, el norte y la zona bajío del país son auténticos polvorines en donde el Estado es un mero adorno. A la desproporción entre los niños indefensos y los sicarios fuertemente armados no podemos describirla como un “enfrentamiento”, sino como lo que es; la violación fragante a los derechos de las infancias en el país. En México los cárteles -representados en la película como “Los Huascas” por no decir “Los Zetas”, el CJNG, los “Caballeros templarios”, etc- suelen gobernar estados completos y su participación delictiva no sólo está relacionada con las drogas sino con la prostitución, los secuestros, el trabajo forzado, el lavado de dinero y hasta en los negocios de las candidaturas de los partidos políticos.

Así que este filme muestra esa vida pero sobretodo la fraternidad que tienen los niños entre sí para sobrevivir a las balaceras, la desaparición de sus familias, un entorno económico decadente y la dura vida en las calles, irónico, el único momento en el que piden ayuda a unos adultos –la policía- estos huyen al instante, así se consuma el abandono ante una sociedad indiferente. Este trabajo de Issa López fue aplaudido hasta por el propio Guillermo del Toro.

Otro maestro que supo entender y plasmar la realidad mexicana fue Carlos Enrique Taboada, sus producciones son bastante populares; El libro de piedra (1968), Hasta el viento tiene miedo (1968 aunque acaban de hacer un pésimo remake en 2007, por cierto), Más negro que la noche (1975), y la última cinta que filmó, Veneno para las hadas (1984). Este largometraje es la mejor representación del estilo del director; Verónica (Ana Patricia Rojo) es una niña que, influenciada por leyendas y cuentos, convence a otra pequeña, Flavia (Elsa María Gutierrez) de que es una bruja y que las desventuras por las que atraviesan –incluyendo una trágica muerte- son resultados de sus encantamientos y conjuros. Si bien es claro que todo es resultado de la imaginación fértil de una niña y los escenarios ochenteros son sencillos y cursis, el suspenso del filme así como el trágico desenlace le brinda un toque de perversión que hasta el día de hoy logra descolocar, el trabajo actoral de las niñas es sobrio pero bien llevado y las tomas de la cintura para abajo de los adultos logra meternos en el mundo escabroso en el que se sumergen ambas niñas.

Lo verdaderamente trascendente de estas cintas no proviene de un antiguo demonio que poseyó sus cuerpos, no es una ancestral maldición ó la venida de un maligno ser sobrenatural que pondrá en jaque a la humanidad, la clave de las películas mexicanas es partir de la realidad y jugar con la mente del espectador construyendo personajes tan cotidianos que podamos palpar sus terrores.

Otra gran cinta que retrata ese “realismo mágico” -que es más bien la cotidianidad del barrio- es el largometraje del chileno Alejandro Jodorowsky (antes de que se metiera mucha psicomagia y empezara a dar lástima por Twitter), que escribió y dirigió Santa sangre (1989). Las buenas películas mexicanas tienen que dejar una huella también en cuanto a su musicalización, somos un pueblo muy amante de nuestras raíces y la música logra generar un ambiente con el cuál nos podemos sentir cómodos e identificados; en ese entorno de sones y sonoras, Fénix (Axel y Adan Jodorowsky) es un niño que crece en la intimidad del circo y en un entorno que el cine de ficheras ha logrado retratar a la perfección; su madre, Concha (Blanca Guerra) es una fanática religiosa que adora a una santa que perdió los brazos defendiéndose de una violación y su padre, Orgo (Guy Wtockwell) es un gringo artista de circo –lanza cuchillos- y sus constantes infidelidades desencadenan una riña que terminará en la pérdida de las extremidades superiores de la madre y el posterior suicidio del padre frente a Fénix. Después de estar años internado en tratamiento psiquiátrico, Fénix huye e intenta reconstruir su vida junto a su madre discapacitada. La riqueza con la que Jodorowsky define a personajes principales y secundarios ha ganado que numerosas interpretaciones, partidas desde el psicoanálisis, utilicen la película para poder ejemplificar actitudes del Fénix, que se convierte en un feminicida por los conflictos no solucionados relacionados con su madre. Sin duda un filme profundo para ver y analizar con calma.

EL CINE DE TERROR COMO CRÍTICA SOCIAL

Lo prohibido es un elemento clave en el cine de terror; suele ser usado para mostrarnos los riesgos de trasgredir la norma social, a veces para mantener el status quo, pero en otras es clave para la propia existencia de la comunidad y su ruptura es censurable universalmente. Ese es el caso de la antropofagia (comer carne humana) y ese tema ha sido abordado por numerosos filmes; en México una de las películas más recomendable en el ramo es Somos lo que hay (2010), ópera prima de Jorge Michel Grau en la que Carmen Beato representa a Patricia, la madre de los dos jóvenes, Alfredo y Julián (Francisco Barreiro y Alan Chávez) y Sabina (Paulina Gaitán), que tras la muerte de su progenitor deciden quién será el nuevo líder proveedor de carne en el grupo.

La historia retrata una vida cruenta en la Ciudad de México  en la que la carne se consume regularmente; prostitutas en las calles debatiéndose entre clientes violentos y la eterna corrupción policial que les merma sus ganancias; niños y niñas que nadie extrañará y no obstante crean sus propias sociedades debajo de los cochambrosos puentes. El tiempo no pasa en ese ambiente urbano que está a unos cuantos metros de las plazas comerciales más exclusivas, ahí es donde la familia de caníbales encuentra su espacio de existencia.

Este país aún hace conciencia de la cicatriz que quedará después de más de una década de la “Guerra contra el narcotráfico”,  pero todas las fosas clandestinas, los levantones, los feminicidios y la cantidad desproporcionada de víctimas que ha dejado el conflicto armado, es similar a los números que tienen países con guerra civiles... y eso no puede quedarse afuera de las pantallas.

Quizá por eso hoy en día han surgido maravillosos trabajos documentales que han registrado la catástrofe, pero el cine de terror mexicano también puede ser un escaparate para comenzar a ponerle oxígeno a las profundas heridas y empezar un diálogo que recupere aquellas voces que dejaron de ser escuchadas; les hago la invitación a escucharlas y sentarse el fin de semana a ver cualquiera de estas películas que usted encontrará con facilidad en la red.

¡Corte y queda!

 

(Imelda Téllez)