Del nacionalismo autoritario al autoritarismo neoliberal

La Revolución Mexicana dio a luz una Constitución social y un proyecto nacional distinto al que impulsó el Porfiriato. En ese ordenamiento se plasmaron principios como la propiedad originaria de la nación, el interés público como límite a la propiedad privada, la economía mixta pública-privada-social y la responsabilidad rectora del Estado en la economía.

  • MARTÍ BATRES
  • 13 de Octubre de 2013
  • 00:00 hrs.

El nuevo proyecto nacional va a encontrar su momento de mayor esplendor e impulso hasta el sexenio del General Lázaro Cárdenas del Río, entre 1934 y 1940. Es en este gobierno cuando se cumple el programa de la revolución y se sientan las bases materiales de un modelo de desarrollo nacionalista que se prolongará hasta 1981.

En el sexenio cardenista, cobra sentido la frase de que la revolución se hizo gobierno. La velocidad y alcance de las transformaciones sociales, económicas y políticas que ocurren en tan sólo esos seis años es sorprendente. Sin ellas, no se explicaría la estabilidad económica, el crecimiento, la fuerza del mercado interno, el poder del Estado para dirigir la economía, la industrialización acelerada, la autosuficiencia alimentaria, el desarrollo de la clase media, la disminución de la pobreza y la distribución de una parte importante de la riqueza nacional.

En los años posteriores al cardenismo, las transformaciones sociales y económicas pierden velocidad y profundidad, pero aún así continúan. Entre 1940 y 1981, la economía siguió creciendo y se realizaron nuevas reformas sociales, aunque dichas políticas progresistas conviven con una línea de mano dura y represión de un régimen autoritario.

Este período ve nacer a instituciones como el Instituto Nacional Indigenista (INI), el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), el Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores al Servicio del Estado (ISSSTE), el Instituto de Seguridad Social de las Fuerzas Armadas (ISSFAM), el Instituto para el Fondo Nacional de Vivienda de los Trabajadores (INFONAVIT), el Fondo de Vivienda para los trabajadores del ISSSTE (FOVISSSTE), el Fondo Nacional de Apoyo a la Economía de los Trabajadores (FONACOT), la Compañía Nacional de Subsistencias Populares (CONASUPO), la Comisión Nacional del Libro de Texto Gratuito, el Instituto Nacional de Protección a la Infancia (INPI), que se convertirá en el Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF), el Fondo Nacional para la Habitación Popular (FONHAPO), entre muchas otras.

Surgieron, además, instituciones educativas como la Escuela Normal Superior, el Instituto Nacional de Bellas Artes, el Colegio de Bachilleres, la Universidad Autónoma Metropolitana, el Colegio Nacional de Estudios Profesionales (CONALEP), la Universidad Pedagógica Nacional, y se masificó la UNAM. En 1924, la Universidad Nacional tenía 9 mil estudiantes. Para 1964 ya eran 72 mil. Y en 1980 llegaban casi a los 300 mil.

También se nacionaliza la industria eléctrica, se crean mil empresas de la nación, se forma la banca de desarrollo, se impulsa la estrategia de sustitución de importaciones para proteger y estimular a la industria privada nacional. Se crean el Sistema Alimentario Mexicano y el COPLAMAR. Se alienta el aumento al salario hasta llegar a su punto más alto en 1976. La pobreza disminuyó, pues con el método oficial de medición actual, abarcaba en 1963 al 73% de la población, bajando en 1981 al 41% de la misma.

La economía mexicana creció sostenidamente entre 1934 y 1981 a una tasa promedio superior al 6% anual.

Sin embargo, aunque hubo progreso social, en realidad el modelo fue más exitoso en lo económico. El crecimiento de la economía fue muy superior a la distribución del ingreso. Nunca llegó a erradicarse la pobreza. Y tampoco pudo alcanzarse un verdadero Estado de bienestar social. Las clases populares fueron incluidas en el proyecto nacional de manera subordinada, la gran tajada del crecimiento no fue para ellas. Los polos sociales se acercaron, pero las grandes desigualdades no desaparecieron. El acceso a los frutos del desarrollo no fue equitativo. La inclusión social sí existió, pero de manera controlada.

Es también una época de autoritarismo. Se consolida un partido de Estado, se corporativizan las organizaciones sociales y se usa al ejército y la policía para reprimir las movilizaciones sociales independientes. Es la época de los presos políticos, del encarcelamiento de los líderes obreros honestos, de las masacres como la del ’68 y el ’71, de las desapariciones forzadas y de la guerra sucia. Decía el cacique del estado de Guerrero, Rubén Figueroa, “que los opositores escojan: destierro, encierro o entierro”. El régimen tiene consenso, pero no tolera el disenso. Es el ogro filantrópico del que hablaba Octavio Paz.

Lo cierto es, sin embargo, que con el modelo nacionalista la economía creció y hubo progreso social. En la época neoliberal, el autoritarismo sigue, las masacres, los fraudes electorales y los actos represivos continúan, pero la economía se estanca y las clases sociales dejan de progresar. Las conocidas masacres de campesinos e indígenas como las de Acteal, Aguas Blancas, El Charco y El Bosque, ocurrieron en la era neoliberal. Así como la masificación de la práctica de la desaparición forzada, las violaciones a derechos humanos en la guerra contra el narco y los presos políticos zapatistas, electricistas, maestros y de Atenco. Los grandes fraudes electorales, como los de 1988 y 2006, contra Cuauhtémoc Cárdenas y Andrés Manuel López Obrador, respectivamente, en elecciones presidenciales y contra Salvador Nava en 1991, en elecciones locales, ocurrieron también en esta etapa. En el neoliberalismo, el Estado sigue siendo autoritario, pero perdió el impulso progresista y social. El ogro dejó de ser filantrópico… pero sigue siendo ogro.

Twitter: @martibatres